Thor Heyerdahl
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El hombre que decidió cruzar el océano para demostrar que lo imposible era posible
Hay personas que viajan para conocer nuevos lugares. Otras viajan porque necesitan encontrar respuestas.
Y después están quienes viajan porque una pregunta no les deja tranquilos.
Thor Heyerdahl pertenecía a este último grupo.
Explorador, aventurero, investigador y, sobre todo, un hombre extraordinariamente curioso, Heyerdahl convirtió una de sus grandes preguntas en una aventura que parecía imposible: cruzar el océano Pacífico en una balsa construida con materiales y técnicas que, según sus propias investigaciones, podrían haber estado al alcance de los pueblos de la antigua Polinesia.
Su historia demuestra que viajar no siempre consiste en llegar a un destino. A veces, viajar significa atreverse a poner a prueba una idea.
Y quizá ahí es donde todos podemos sentirnos un poco identificados con él.
La curiosidad como punto de partida
Thor Heyerdahl nació en Larvik, Noruega, en 1914. Desde muy joven sintió una profunda fascinación por la naturaleza, los animales, las culturas lejanas y los lugares que todavía guardaban preguntas sin resolver.
Antes de convertirse en uno de los exploradores más conocidos del siglo XX, ya había aprendido algo que marcaría toda su vida: observar.
Porque la aventura de Heyerdahl no comenzó en un barco ni en medio del océano. Comenzó mucho antes, con una pregunta.
Durante sus investigaciones en las islas del Pacífico, empezó a preguntarse cómo habían llegado hasta allí determinados pueblos y si los antiguos habitantes de Sudamérica podían haber participado en esos desplazamientos.
La idea resultaba controvertida.
Pero Heyerdahl no quiso limitarse a discutirla desde un despacho. Quiso comprobar si el viaje era posible.
Y esa decisión cambió su vida.
¿Te atreverías a cruzar el océano en una balsa?
Imaginemos por un momento que alguien nos propone cruzar miles de kilómetros de océano en una embarcación construida con troncos de madera, sin motor y siguiendo unas técnicas que pertenecían a una época muy diferente a la nuestra.
Probablemente nuestra primera reacción sería decir que no.
Heyerdahl decidió decir que sí.
En 1947 comenzó la expedición que se convertiría en una de las aventuras más famosas del siglo XX: la expedición Kon-Tiki.
La balsa recibió el nombre de Kon-Tiki y fue construida siguiendo conocimientos tradicionales que Heyerdahl consideraba compatibles con las embarcaciones que podían haber utilizado antiguos navegantes sudamericanos.
La expedición partió desde Perú con rumbo a la Polinesia.
Seis hombres se embarcaron en aquella pequeña balsa.
No llevaban las comodidades de un crucero moderno. No tenían GPS, conexión permanente a internet ni la posibilidad de consultar una aplicación para saber dónde estaban. Dependían de la naturaleza, de sus conocimientos y de su capacidad para adaptarse.
Durante semanas, el océano fue su único horizonte.
Y ahí aparece una de las grandes lecciones de Heyerdahl: la aventura comienza muchas veces cuando dejamos de tener todas las respuestas.
Cuando el viaje se convierte en una forma de pensar
La Kon-Tiki consiguió llegar a la Polinesia después de recorrer aproximadamente 8.000 kilómetros por el océano Pacífico.
El viaje fue un éxito desde el punto de vista de la demostración que Heyerdahl quería realizar: mostró que una travesía de este tipo era físicamente posible con una embarcación de características similares.
Pero la importancia de aquella aventura fue mucho más allá.
Heyerdahl consiguió despertar la imaginación de millones de personas.
Su expedición fue documentada en una película y posteriormente publicó un libro sobre la aventura. La historia de aquellos seis hombres sobre una balsa perdida en el inmenso Pacífico se convirtió en un fenómeno internacional.
Y es que todos tenemos dentro una pequeña parte de explorador.
No hace falta atravesar un océano para sentirla.
Puede aparecer cuando decidimos conocer un país que nunca hemos visitado, cuando nos desviamos de la ruta habitual para descubrir un pueblo, cuando entramos en un museo sin saber exactamente qué vamos a encontrar o cuando contemplamos un paisaje y nos preguntamos quién estuvo allí antes que nosotros.
Viajar también es eso: hacerse preguntas.
Un explorador que nunca dejó de buscar
Para Heyerdahl, la Kon-Tiki no fue el final de la aventura.
Fue solamente el comienzo.
Años después participó en nuevas expediciones destinadas a estudiar la posibilidad de que antiguos pueblos hubieran realizado grandes travesías marítimas.
Una de las más conocidas fue la expedición Ra, en la que utilizó una embarcación construida con papiro siguiendo modelos inspirados en representaciones y técnicas del antiguo Egipto.
El primer intento no consiguió alcanzar su destino, pero Heyerdahl volvió a intentarlo.
La segunda expedición, Ra II, consiguió atravesar el Atlántico.
Ese detalle resulta especialmente interesante si pensamos en la personalidad del explorador.
No alcanzar el objetivo en el primer intento no significaba abandonar. Significaba aprender.
Y quizá esta sea otra de las razones por las que su historia continúa siendo tan actual.
Vivimos en una época en la que queremos resultados inmediatos. Queremos saber cuánto tardaremos, qué veremos, qué ocurrirá y si merece la pena.
Heyerdahl, en cambio, aceptaba la incertidumbre como parte del viaje.
El explorador que llegó a Tenerife
Y aquí comienza una historia especialmente interesante para quienes vivimos o viajamos por las Islas Canarias.
La curiosidad de Thor Heyerdahl también lo llevó hasta Tenerife.
En el municipio de Güímar se encontró con unas construcciones que despertaron su interés: varias estructuras de piedra conocidas como las Pirámides de Güímar.
Heyerdahl quedó fascinado por ellas y por las preguntas que planteaban sobre su origen y su posible relación con antiguas culturas.
A partir de entonces, las pirámides formarían parte de una etapa importante de su trayectoria investigadora.
No se trata simplemente de unas construcciones de piedra que podemos visitar. Son también el punto de partida de una conversación sobre historia, arqueología, navegación y sobre algo que acompañó a Heyerdahl durante toda su vida:
¿Hasta dónde pudieron llegar los antiguos navegantes?
Esa pregunta conecta directamente Tenerife con el espíritu aventurero de uno de los grandes exploradores del siglo XX.
Y también nos invita a mirar nuestra propia isla de otra manera.
Viajar es descubrir que todavía quedan preguntas
Cuando visitamos un destino, solemos buscar respuestas.
Queremos saber cuál es el monumento más importante, cuál es la playa más bonita, dónde comer o qué lugares no podemos perdernos.
Pero quizás los viajes más interesantes son aquellos que también nos dejan preguntas.
¿Por qué se construyó este lugar?
¿Quién vivió aquí?
¿Cómo llegaron hasta aquí?
¿Qué historias se esconden detrás de estas piedras?
¿Qué sabemos realmente y qué todavía desconocemos?
Heyerdahl entendió que una pregunta podía ser el comienzo de una gran aventura.
Por eso su historia sigue inspirando a viajeros de todo el mundo.
No porque todos tengamos que construir una balsa y lanzarnos al océano, sino porque nos recuerda que la curiosidad puede ser una excelente brújula.
Tenerife: una isla para exploradores
Quizá esa sea una de las mejores formas de descubrir Tenerife.
No solamente como un destino de sol y playa, sino como una isla llena de paisajes, volcanes, tradiciones, pueblos, senderos y lugares que cuentan historias.
Una isla que puede recorrerse con los ojos de un turista, pero también con los ojos de un explorador.
Y cuando se mira de esa manera, cada camino puede esconder una historia y cada paisaje puede despertar una pregunta.
Thor Heyerdahl llegó a Tenerife buscando respuestas.
Nosotros podemos llegar simplemente buscando una experiencia diferente.
Pero, al igual que él, quizás terminemos encontrando algo más importante: nuevas preguntas que nos animen a seguir descubriendo.
Porque ese es, en realidad, el espíritu de viajar.
No saberlo todo.
No tenerlo todo previsto.
Dejar espacio para la sorpresa.
Y atreverse a ir un poco más lejos.
La próxima vez que contemples el océano desde Tenerife, piensa por un momento en aquellos hombres que se embarcaron en una pequeña balsa de madera para demostrar que una travesía considerada imposible podía realizarse.
Quizás no necesitemos cruzar el Pacífico para vivir una aventura.
A veces basta con mirar nuestro propio destino con otros ojos.
Y en Tenerife, como descubrió Thor Heyerdahl, todavía quedan muchas historias por descubrir.
En nuestro próximo artículo nos acercaremos precisamente a uno de esos lugares: las Pirámides de Güímar, un espacio donde historia, arqueología, misterio y espíritu explorador se encuentran.
